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Crítica: "Madame Curie", por Javier Collantes

En la corriente de vidas ilustres transportadas a la imagen cinematográfica, el séptimo arte recompone una revisión de personas que constituyeron una fórmula de inventar, descubrir... una cuestión importante para la humanidad, con conocimiento de causa, y hechos acontecidos sobre los que despejar la ecuación a través de la gran pantalla.


Madame Curie nos relata, en el París de 1893, la vida de Marie, una brillante científica, primera ganadora de dos Premios Nobel, que está dispuesta a cambiar la forma de entender la ciencia, descubriendo la radiactividad, pero su vida dará un giro inesperado y se enfrentará a los efectos transformadores de la sociedad en todos sus ámbitos.


Así, de una manera distinta, Madame Curie, desde el punto de vista fílmico, es un biopic menos al uso en el cual y, desde sus recursos de imágenes pero también en el tempo de su narrativa, se percibe la adaptación de una novela gráfica, un tono distinto, presentable y estimable que maneja, con su habitual acierto en este campo, la cineasta Marjane Satrapi.


Sin grandes alardes, esta producción británica resulta efectiva en su conjunto, interesante a modo de homenaje divulgativo de Madame Curie: el descubrimiento del Polonio y el Radio, su contribución a la cura del cáncer, sus vicisitudes con los tribunales científicos, su marido Pierre, su hija Irene... sus diferentes luchas son visibilizadas en este film.


Sobre el recuerdo de una versión maravillosa de 1943, dirigida por Mervyn LeRoy, Madame Curie, años después, entretiene y emociona, sobre todo por la extraordinaria interpretación de Rosamund Pike, pero también aporta un nuevo enfoque desde el biopic clásico, conservando la esencia del cine, transmitir atmósferas de tiempos pasados, vidas de dobles vertientes.