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Crítica: "La vampira de Barcelona", por Paco España

En Barcelona, a finales del siglo XIX y comienzos del XX, una burguesía adinerada y poderosa convivía con un número importante de población de vida miserable y cuyo sustento más básico dependía de las maneras más picarescas que se podían utilizar. En situaciones con semejante desigualdad, en las que la ética y la moral está supeditada a la urgente necesidad de comer diariamente, es posible conseguir absolutamente todo lo que se pueda pagar. Este es el contexto de La vampira de Barcelona, de Lluis Danés, rodada íntegramente en plató, en un irreal blanco y negro y con una gran cantidad de efectos digitales, en la que aparecen elementos y planos en color, especialmente el rojo, para subrayar la crueldad de determinadas situaciones.


La historia se ha encargado de demonizar a Enriqueta Martí, una prostituta que se encargaba de suministrar niños de corta edad para satisfacer las perversiones sexuales que los elementos más considerados socialmente y cuya vida secreta estaba repleta de las más sanguinarias preferencias, para las que alguien tenía que suministrar la materia prima. Por eso, Enriqueta Martí secuestraba, corrompía y asesinaba a las personas más inocentes, siendo ella misma otra víctima del sistema profundamente corrupto de su entorno que la llevó a la muerte, víctima de un cruel cáncer uterino, a la edad de 45 años. En la última etapa de su vida se centra la atención de esta película, en la que un periodista con problemas de adicción a las drogas, interpretado por Roger Casamajor (Pa negre), investiga la desaparición de una niña de una familia acomodada. Este fue el detonante de la investigación, ya que habitualmente las actividades clandestinas se nutrían de niños abandonados y vagabundos de las calles, por los que nadie se preocupaba.


Enriqueta Martí, cuya historia ya fue tratada por el notable cortometraje La ropavejera, está interpretada en esta película por la gran actriz barcelonesa Nora Navas (La adopción) y cuenta con un notable reparto, tal es el caso de Bruna Cusí (Verano 1993), Francesc Orella (Merlí), Sergi López (La boda de Rosa), Pablo Derqui (María y los demás) o del actor y director teatral Mario Gas. La vampira de Barcelona, que tuvo que interrumpir su rodaje por el confinamiento, utiliza una estética onírica para contar una historia de pesadilla, que trata de limpiar la imagen histórica de una mujer que fue chivo expiatorio de las horribles crueldades de militares, jueces, políticos o altos cargos religiosos que la historia oficial se encargó de exculpar.