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#JuntosPorElCine y #PorAmorAlCine #03, por Javier Collantes

Las esencias cinematográficas se sirven muchas veces de quién se encuentra en el patio de butacas de la sala, escenas, planos y diálogos que se convierten en homenaje a personajes que se pierden, huyen o se encuentran en la toma de decisiones, una sala de cine como espacio para aceptar los respectivos destinos en una película.


A este ejemplo, grosso modo, se corresponde Matador (1986), película de Pedro Almodóvar con las maravillosas interpretaciones de Nacho Martínez, Assumpta Serna, Antonio Banderas, Eva Cobo, Carmen Maura, Eusebio Poncela, Julieta Serrano, Chus Lampreave... una historia de amor, pasión, sexo y muerte, una punzada sobre el placer.

Un torero retirado, una abogada y una liturgia sobre el mundo del toreo que, a modo de metáfora, penetra en sus deseos, el toro y la faena, el profundo amor y a su vez remachar sus vidas con un eclipse. La densidad de dos personajes hechos que se encuentran y alejan de sus vidas sobre una estética pictórica que resulta un verdadero tendido.

Matador incluye una secuencia en un cine que resulta memorable. Los dos personajes principales, durante la proyección de un extraordinario film (Duelo al sol, de King Vidor), una visión del clímax romántico en el duelo final en un western de culto entre los personajes interpretados por Gregory Peck y Jennifer Jones, un homenaje al cine.

En una sala de cine, paralelismo entre ficción y realidad, cine dentro del cine, un enfrentamiento que traspasa cualquier definición de amor, deseo y obsesión, autenticidad definitiva, segundos esenciales y vitales en Matador, odiseas nutridas de verdades en un escenario final, devenir de los acontecimientos en una particular vuelta al ruedo.