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Crítica: "La guerra de las corrientes", por Javier Collantes

Las vidas ilustres, el biopic, los logros y los fracasos, todo en su conjunto, una nueva alternativa para narrar historias que en el traslado al lenguaje cinematográfico contienen interés más allá del estamento humanista de la puesta en imágenes de los datos reales y las correspondientes licencias. De la mano del director Alfonso Gómez Rejón, y como productor ejecutivo Martin Scorsese, La guerra de las corrientes sirve de homenaje a dos grandes inventores con información relevante en sus luces y ciertos aspectos oscuros en su lucha de egos.


Como película biográfica, y como se conoce a los hechos relatados, La guerra de las corrientes narra el enfrentamiento de dos mentes brillantes, la lucha del inventor Thomas Edison y George Westinghouse en 1880 para hacerse con el control y la comercialización del sistema eléctrico, el gran invento de la luz, en Estados Unidos, todo ello con la aparición de Nikola Tesla, otra figura brillante en el devenir de una gran historia y de la Historia, suceso trascendental para el mundo.


La electricidad, las corporaciones, luchas comerciales, inversores, autorías, méritos, reconocimientos... en una disputa entre un cierto idealismo llevado a la realidad por parte de Edison y una mirada más pragmática de Westinghouse, dos personajes en la cuerda floja del éxito. Sobre estos mimbres, el relato cinematográfico contiene un exceso de efectos digitales y los escenarios teatrales ofrecen una textura de filmación televisiva.


Sin embargo, aún por dichas circunstancias, La guerra de las corrientes no desmerece en cuanto a su calidad narrativa. Con la inmersión hacia el inicio de la edad moderna, la película, con su fotografía de época, resulta equilibrada y no exenta de 'chispa', aproximando al espectador a unos tiempos apasionantes, una revolución desde sus ideas, la exposición de Chicago, sus controversias e intérpretes, a la par, brillantes.


En especial, Benedict Cumberbatch, Michael Shannon, Tom Holland y Nicholas Hoult contribuyen a interesarse por la importancia de la luz, la grabación de la voz y la proyección de imágenes (el Cine), el alarde del dinero y su lado filantrópico. La guerra de las corrientes, entre barridos y tomas de grúa, es un film aceptable con su corrientes continua y alterna, amperios que se dejan ver, la luz como esencia de vida, tan obvio como lógico.