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Crítica: "El silencio de la ciudad blanca", por Paco España

Acudir a ver esta película significa acudir a varios nacimientos: el de una saga de adaptaciones literarias de género negro escritas por Eva García Saenz de Urturi y, por lo tanto, al del detective de la Ertzaintza Unai López de Ayala, apodado 'Kraken', que protagonizará las dos siguientes adaptaciones -Los ritos del agua y Los señores del tiempo- y que ha tenido la fisonomía del estupendo actor gallego Javier Rey, como ya demostró en Fariña con el papel de Sito Miñanco, con alta probabilidad de continuar con la saga.


El director catalán, aunque vasco de adopción, Daniel Calparsoro, hizo un deslumbrante debut con Salto al vacío, donde encontramos el primer papel relevante de la consagrada actriz Najwa Nimri y al malogrado actor Ion Gabella, continuando con títulos como Pasajes, Asfalto, Guerreros, Invasor, Combustión y, recientemente, reverdeció laureles con Cien años de perdón. Hace ya unos cuantos años que el director suizo Alain Tanner nos presentó En la ciudad blanca, una serie de vicisitudes que protagonizara el gran actor fallecido este mismo año Bruno Ganz, en la ciudad de Lisboa. Ahora sabemos que en España tenemos otra ciudad blanca, aunque realmente es la ciudad de la Virgen Blanca, es decir Vitoria.


El silencio de la ciudad blanca habla de una serie de crímenes rituales de parejas, altamente fotogénicos, que se cometen en dos lapsos de tiempo. Del antiguo, un culpable lleva veinte años en prisión, y los nuevos, que se suceden vertiginosamente, suponen un alto quebradero de cabeza para los detectives policiales. El asesino, que el espectador conoce muy pronto, mata sus víctimas introduciéndoles en la garganta un número elevado de abejas comunes europeas, lo que da una la idea de que no es todo lo sanguinario ya que si lo haría con la avispa asiática o Vespa Velutina sí que demostraría su mal hacer.


Pero es importante que sea ese tipo de abejas para la continuidad argumental, lo que le emparenta irremediablemente con el perverso 'Buffalo Bill' de El silencio de los corderos, cuyas víctimas también aparecían con insectos en la boca, aunque estos no eran la causa de su muerte. No son estas las únicas coincidencias con la estupenda película de Jonathan Demme, también hay un personaje, doble en este caso ya que se trata de gemelos, interpretado por Alex Brendemühl, que quiere situarse en una perversidad próxima a Hannibal Lecter, aunque se queda muy lejos. Este título también se sitúa en el terreno de las denominadas películas-postal, algo similar a los que sucediera en Escondidos en Brujas con esta ciudad belga o en El desconocido de Dani de la Torre con la ciudad de la Coruña, por lo que la bajada de Celedón, que da comienzo a las fiestas, el amanecer de la plaza de la Virgen Blanca o las imágenes nocturnas de los aledaños a la Iglesia de san Miguel son vistosísimas.


Se nota que la película se mueve en un presupuesto generoso, mostrando una impecable construcción técnica y formal, de lo cual Calparsoro ya ha mostrado su pericia en muchas ocasiones, además de un elenco portentoso, junto con los mencionados, también la protagonizan, la eficaz Belén Rueda, Aura Garrido con otro papel de detective policíaco como en la reciente El asesino de los Caprichos, el gran Manolo Solo y, en pequeños papeles -incluso de una secuencia-, podemos ver a Ramón Barea, Pedro Casablanc, Txema Blasco, Itziar Ituño o Rubén Ochandiano. Es una pena que el guión que adapta la novela no esté un poco más pulido para que no pasen tantas cosas porque sí y que la dirección no esté un poco más atenta al universo interior de los personajes, en lugar de estar pendiente del exterior. Una oportunidad perdida para que una película interesante llegara a ser algo más.