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Crítica: "Historias de miedo para contar en la oscuridad", por Javier Collantes

Sobre una frase eterna y sentida, 'El miedo es libre', el cine ha mostrado diferentes facetas del terror, profundo pozo de género en la sorpresa del susto y el grito desesperado que ahora sirve un film que se sostiene por una serie de libros. Publicada en la década de los 80 e ilustrada por Stephen Gammell, Scary stories to tell in the dark, de Alvin Schawartz, unifica, en la adaptación cinematográfica, sus historias independientes en una, todo ello bajo la dirección de André Ovredal, responsable de una gran película tan auténtica como estremecedora: La autopsia de Jane Doe.


Con el apoyo maestro del Guillermo del Toro, el cineasta noruego muestra una dosis prometedora en el cómputo final de Historias de miedo para contar en la oscuridad, un estilo clásico que tampoco olvida tonos nada formalistas pero sí efectivos. En 1968, en un pueblo de Estados Unidos alejado de los acontecimientos que ocurren en el país, el descubrimiento de un libro por parte de unos adolescentes abrirá un camino entre el pasado y el presente, el camino a una peligrosa investigación sobre el legado de la chica muerta autora del libro, secretos e historias basadas en su vida.


Con un gran sentido del terror, los motivos psicológicos del personaje principal y la familia, sin recurrir al efecto fácil, su argumento y la puesta en escena, la banda sonora más sus intérpretes... Historias de miedo para contar en la oscuridad resulta una conjunción entre el 'pulp' juvenil, con trasfondo social y político en torno a la Guerra de Vietnam, un toque de Stephen King, terror gótico, Pesadillas, Jeepers Creepers... conservando la elegancia de no ser un golpe- choque de efecto, película notable y presentable que consigue llenar las hojas en blanco de un libro hecho de realidad.