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Crítica: "Cronología de las bestias", por Paco España

Dos madres, dos hijos y un hombre. Bueno, un hombre no, un cura. La desaparición de un menor once años atrás y que reaparece ahora sembrando toda clase de dudas sobre su identidad. La verdad es que este argumento me resulta familiar. Movimientos atropellados en una urgencia inexplicable, desnudo físico de simbología moral. Cuatro personajes, más otro hombre (bueno, un hombre no, un cura), que navegan sobre la putrefacta moral familiar generada durante décadas.


Cronología de las bestias, de Lautaro Perotti, es una obra desagradable, de humanidad pestilente, que obliga al espectador a retranquearse en la butaca, como huyendo de aquellos personajes que se mueven por el escenario como pollo sin cabeza, abriendo y cerrando puertas, entrando y saliendo constantemente de escena como buscando una coherencia emocional imposible de encontrar. Un alarde de enmarañado desasosiego en el que sobresale el trabajo interpretativo de Pilar Castro.