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Crítica: "Mandy", por Jesús Caro

Segunda película protagonizada por Nicolas Cage que se estrena en cines en este año 2018. Todo un logro para el actor ganador de un Oscar por Leaving Las Vegas hace más de 20 años (que se dice pronto), empeñado en llenar las estanterías de los videoclubs o los menús de 'vídeo bajo demanda' con títulos de serie B, de muy discutibles calidades.


En la propuesta que me ocupa debo de reconocer lo arriesgado y diferente del film (seguro no hay nada igual en la cartelera) con un planteamiento argumental simple. Una mujer es secuestrada y asesinada por una secta. Es entonces cuando su marido (Nicolas Cage) emprende una sangrienta venganza (con pelea con moto-sierras incluida).


Dicha simplicidad argumental, a la que se le suman algunos diálogos esperpénticos, es suplida con un gran trabajo estético, pues de lo que sí puede presumir el director Panos Cosmatos es de una sobrada solvencia visual, con una llamativa fotografía y un encanto ochentero que desprende en especial el tramo medio/final del film así como de una más que inspirada, algo intermitente pues no lo alcanza en su conjunto, interpretación de Nicolas Cage.


Mandy posee un ritmo narrativo lento, sobre todo en su primera parte, abstracta, onírica, con una mezcla de realidad/fantasía extremadamente alucinógena, gore y muy muy pasada de vueltas. Un viaje demasiado largo bajo los efectos del LSD que convierte ésta cinta en una película rara como ella sola.