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Crítica: "Dogman", por Javier Collantes

El cine italiano atravesó épocas de esplendor. Después, a lo largo del tiempo, decayó en calidad y estilo. Reconociendo sus capacidades, intérpretes y cineastas en la aportación grandiosa al séptimo arte de una cinematografía digna de estudio y análisis, en cuyos valores siempre ha estado una vanguardia tan avanzada como interesante, el cine italiano se recupera y vuelve a ofrecernos obras fílmicas sobresalientes, volviendo por sus caminos del cine en mayúsculas.


Ahora nos llega la última obra del director Matteo Garrone, conocido por Gomorra y otros títulos de envergadura narrativa. Su nuevo film, Dogman, nos relata la historia de un lugar a las afueras de la capital italiana donde sobrevive el más fuerte. Marcello, con su adorada hija y su forma de sobrevivir, trabaja en una pequeña peluquería para perros. Una peligrosa relación le lleva a romper la humillación de la que es objeto día a día y la venganza, con sus consecuencias, será determinante para este hombre acocado, ridículo, oscuro y miedoso.


Basado en hechos reales, sobre un suceso ocurrido a finales de los ochenta, Dogman es un extraordinario retrato, sin  concesiones, de la crónica negra italiana, concretamente del asesinato de un boxeador en manos del ser humillado. Con una dosis de neorrealismo en torno a la supervivencia, y con tonos de suciedad humanista, Garrone construye un relato extraordinario sobre la marginalidad y los barrios olvidados cuyo costumbrismo descansa en la exposición sin moralina de vidas y reacciones que, a modo de western, con sus duelos de 'buenos' y 'malos', distribuye en cada plano sapiencia sobre los espacios vacíos donde domina la ley del más fuerte.


Bajo una dirección impecable, con una fotografía digna de anocheceres y amaneceres encharcados en su paisaje, y en un fondo descriptivo de las relaciones humanas dominadas por códigos de comportamiento diferentes, sobrevienen la violencia y los silencios. Con el apartado interpretativo de Marcello Fonte -Mejor Actor en el Festival de Cannes-, y acompañado de la música expuesta casi imperceptible pero sí y necesaria, el ritmo narrativo de Dogman resulta especial y sobresaliente.


Detrás de cada secuencia, cine destilado de esencia pura. Dogman, el ejercicio de una naturaleza del acorralamiento, hombre y perro, en un hartazgo de quién ya no puede resistir: su existencia, la lealtad, el desprecio... Con un final   digno de ver una y otra vez, aquí sí existe el lenguaje cinematográfico. Cine de otra dimensión, tan real y emotivo, sin falsos recursos, que consigue entregar una lección de seres atados a un destino fatal, cruel. Una gran película.