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Crítica: "Ready Player One", por Jesús S.

Ready Player One es un revival de puro cine ochentero, octanaje nostálgico en formato de flash de numerosas películas, entretenimiento de último nivel que sigue, precisamente, la estructura Arcade. Con un reparto no muy conocido, salvo algún rostro identificable en el modo serie presente, nos metemos en un mundo futurista donde lo que manda es la unipersonalidad. Afortunadamente, el Oasis nos sumerge en un juego... y todo juego tiene una finalidad.


Sobre la base de un bestseller, Spielberg da el salto a la gran pantalla para ubicarnos en su propio y singular mundo de ficción... aquí menos original y más reseteado. A lo largo de unas dos horas, el Rey Midas, a medio sampler entre Inteligencia Artificial y Las aventuras de Tintín: El secreto del Unicornio, fusiona espectacularmente el mundo real y el universo de avatares, un equilibrio narrativo en torno a un futuro quizás no tan futuro y más presente.


Tron, Avatar... Ready Player One. Cine comercial de ciencia-ficción con altas dosis de diversión para su presta visualización, un metraje tan ensamblado que, posiblemente, sea necesario más de un visionado para captar el alcance dimensional de todas y cada una de las referencias a una cultura colectiva a la que, curiosamente, se accede por la puerta trasera de una herramienta virtual, analogía de la realidad distópica actual.


Cine familiar y recreativos, combinación genuina al alcance de una película y en la búsqueda de pruebas, una odisea de aventuras entre Rosebud y El Huevo de Oro que salta de pantalla entre Los Goonies y El Club de los Cinco, homenajes de cine encubiertos en cada pixel o magistrales como El resplandor, superhéroes como Batman rastreado al menos cuatro veces... y hasta el propio director incluido en el montaje. Ready Player One: más calle, menos redes.