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Crítica: "El amante doble", por Pelayo López

En sus trayectorias, algun@s cineastas tienden a volver sobre sus pasos con cierta asiduidad, un itinerario filmográfico fruto de unas señas de identidad propia que, para bien o para mal, son susceptibles de otorgar a sus títulos la condecoración reafirmante y/o la etiqueta peyorativa de 'cine de autor'. En esta encrucijada reflexiva nos encontramos a François Ozon, responsable de varios títulos memorables que, sin embargo, últimamente parece haberse dejado llevar por la inevitable levedad de su ser cinematográfico.


Acostumbrado a trabajar tanto con material propio como ajeno en adaptaciones literarias o teatrales, e incluso remakes, Ozon ha sabido dotar a su filmografía de un carácter homogéneo independiente de la procedencia original de la película en cuestión. En este caso, El amante doble es su resultado imaginario de Vidas gemelas, novela de Joyce Carol Oates. Una frágil joven se enamora de su psicoterapeuta. Unos meses más tarde, cuando se mudan juntos, ella descubre que su amante le ha ocultado una parte de su identidad, con la que ella se obsesionará. 


Ella es una Joven y bonita Marine Vacht, él un Jeremie Renir dual (re)convertido en unos Amantes criminales. Ambos intérpretes conforman la pareja/el trío protagonista de este thriller erótico, una sugestiva reflexión que mide la tensión psicológica por sexual. La terapia de celuloide consiste en una atmósfera de asfixia lactante como aperitivo de una orgía antropófaga a cuyo festín se pone mantel y se sirve bajo una atenta mirada felina, casuística convergente con la perversión voyeur del más reciente Paul Elle Verhoeven.


Las intermitentes Gotas de agua sobre piedras calientes aportan ramalazos de lujuria y excitación, implacable atracción que marca territorio genital desde el primer impacto y se tira a La piscina, espacio húmedo de un tsunami mental que deconstruye tabiques mentales, incluso aquellos cimentados a mayor profundidad Bajo la arena del subconsciente y como evidencia cristalina del empoderamiento femenino: 2, 4, 6 u 8 mujeres, mujeres al poder de una misma madre cuyas raíces se multiplican en el ombligo del mundo.


Ozon diseña su enigmático discurso plano a plano, pero En la casa, a cámara alzada, se palpa la artificiosidad de la narración, una arquitectura espiral que se teje en base a la compleja percepción entre realidad y sueños, un campo de siembra para romper con vigor la fragilidad de la crisálida en el que otrora se prodigaba con recursos propios y básicos pero en el que ahora, por ejemplo, cae en la infidelidad y sustituye la gama cromática por el vítreo poliédrico. El diagnóstico, un cineasta estomacal; el tratamiento, una nueva sesión; el diván, la butaca.