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Crítica: "Doctor Strange", por Pelayo López

Siguiendo con la estructura trifásica del universo Marvel, el nuevo protagonista en entrar en escena es uno de los denominados secundarios, personajes sin el mismo poder que los principales pero que, no con poca frecuencia, suelen robar el foco de atención y acabar siendo la estrella de la película. En esta ocasión, el llamado a filas es otra de las creaciones de esa suerte de icono al que lo mismo te le encuentras en el asiento de al lado de tu bus.


Stan Lee estructura el primer mundo de Stephen Strange, una suerte de ególatra neurocirujano que, a raíz de un accidente de tráfico y sus secuelas físicas, perderá sus facultades profesionales, consecuencias irreversibles que le llevarán a emprender una odisea personal para buscar otras terapias alternativas. En este punto, el otro benefactor, Steve Ditko, llenará de posibilidades inimaginables los multiversos mentales de aprendizaje-olvido-aprendizaje del nuevo extraño.


En esta tesitura, de la mano de un meritorio Scott Derrickson que da el salto a las ligas mayores después de ejercer la profesión con formas exorcizantes, se sitúa un acertado Benedict Cumberbatch, que descubre otro enigma por descifrar y sigue desarrollando su potencial visionario cual Sherlock mientras acaba por recomponer, fase a fase y prueba a prueba, el look definitivo y la característica vestimenta del nuevo superhéroe. 


La talentosa y orlandiana anciana Tilda Swinton asume el papel de exigente y controvertido gurú espiritual, una líder metafísica y adimensional que, en su doctrina Carradine del pequeño saltamontes basada tanto en el misticismo y la espiritualidad oriental, lidera a un grupo de maestros, una suerte de ejército anti-mal filosofísico con poderes psíquicos a la sombra de Vengadores, con los cuales, por cierto, pueden tomarse hasta unas birras.


Mientras en la primera parte se nos presenta a un personaje de mano dura y carácter firme con valores éticos moralmente enjuiciables, inmerso en una continua batalla dialéctica; en la segunda parte, los jumpers dan rienda suelta a los portales interdimensionales y el control del tiempo en una confrontación tripiDante contra un replicante acólito en la caza Mads Mikkelsen y, sobre todo, una dimensión oscura que parece salida de Ghostbusters o la pista de luces arco-iris de una discoteca.


Látigos y óculos de fuego; sala de los espejos de un parque de atracciones; presencias astrales casperianas; y, sobre todo, el orden y el desorden cual Origen y entrañas de las entrañas mecánicas del cubo de Rubik. Ambivalencia visual acompañada, por un lado, del sentido del humor marca de la casa para la ocasión correspondido a capa y bibliotecario, y, por otro, de una composición de Michael Giacchino a base de cuerda diapasonada y eólicas reverberaciones. 


La decisión fundamental radica en el sacrificio por los demás a pesar y en contra de uno mismo. Que se lo pregunten a Rachel McAdams, compañera inseparable que experimenta el momento Ghost y se descubre en dicha encrucijada. Sin embargo, el verdadero peligro que desenmascara al próximo enemigo nace de los dogmas de fe sobre verdades absolutas, las enseñanzas arbitrariamente parciales y/o los descubrimientos de las medias verdades. Maestro Strange, supongo. Para usted, Doctor Strange.