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Crítica: "Capitán América: Civil War", por Pelayo López

Después de una serie de catastróficos sucesos que han sacado a la luz y han puesto en evidencia el nuevo orden dimensional, un trágico accidente más, provocado por un operativo fallido en la transición Fase Dos a Fase tres, conduce a la (in)evitable firma de los Acuerdos de Sokovia, una resolución diplomática global que pretende reglar las actividades y actuaciones de Los Vengadores, una suerte de solución anestésica que pone en jaque, y casi en caída en picado, las capacidades justicieras de este particular 'A-team'.


Con este panorama sobre la mesa, Steve Rogers y Tony Stark marcarán sus respectivos territorios, uno escudado en los peligros del sometimiento a una estructura escalonada de mando militar y el otro enrocado en una postura de fundición temporal que evite cualquier tipo de suspicacia que los presente como una amenaza potencial, liderando ambos, curiosamente, una distribución equidistante respecto a la brecha de vulnerabilidad abierta en canal por el inciso (a)temporal de esta bisectriz diseccional y resultado de una obsolescencia programada. Aprovechándose de esta circunstancia, un nuevo enemigo, menos violento y más paciente de lo que suele ser habitual.


Una venganza gestada en la espera y urdida en los confines de la (des)confianza mutua, un paradero del pasado, fechado el 16 de Diciembre de 1991 y protagonizado por un Soldado de Invierno codificado mentalmente, que terminará por prospectar psicológicamente en la incisión abierta entre Iron Man y el Capitán América. Esta especie de McGuffin inicial terminar por ser, a posteriori, la prueba incriminatoria. Este desarrollo espacio-temporal, que se toma en serio desde su prólogo inicial al estilo 007 más skyfall y se estira elásticamente a lo largo y ancho de un periplo internacional escala tras escala, se mira a sí mismo en el espejo para afrontar este abismo de oscuridad y lo hace, además, desde la presencia de la luz del día, nada de noches norteamericanas con tintes efectistas. 


Mientras el contenido argumental y su estructura narrativa demuestran una renovada madurez, avalada por espectaculares y mareantes escenas de lucha cuerpo a cuerpo en primer plano y los enfrentamientos de tercios en bailes de parejas vis a vis, la excesiva presencia de un humor ligero desvirtúan, en cierta medida, dicho logro, una deriva transitoria en ángulos ciegos salvable mediante una analítica corrección de enfoque visual. Curiosamente, y al margen de las justificables ausencias de Thor y Hulk dadas sus cualidades supremas, la incorporación/presentación de los nuevos miembros faunísticos, uno de los handicaps de la última aventura de la competencia DC, se exhibe con sobrada resiliencia, al igual que los planteamientos de las subtramas como el de un conflicto de dependencia latente (Vision/Bruja Escarlata). 


Con el arbitraje de un espíritu libre entrenado en el doble espionaje (Viuda Negra), otra de las virtudes radica en la vinculación emocional de Rogers con la Agente Carter & Cía, realidad situacional que conecta brillantemente con los universos paralelos televisivos, y la de Stark con la 'sargento' Pepper, personaje sin cuerpo pero con alma en esta ocasión que resulta tan importante como definitorio. Más allá de las habituales presencias en clave de autoría, que están o no están, "Civil War" sirve para comprobar que la fortaleza del escudo de Los Vengadores reside en la luz del corazón. La demostración visible de una fórmula equilibrada garantiza la emisión de un salvoconducto para próximas entregas, un certificado expedido con la cinéfaga esperanza de satisfacer próximamente las expectativas despertadas.