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Crítica: "La serie Divergente: Leal", por Pelayo López

Después del vacío de proyección espectral dejado por el (hasta ahora) final de las aventuras fílmicas del joven mago Harry Potter, numerosas sagas y ejemplares de carácter literario se han prodigado en las salas de cine intentando hacerse con el trono en juego. En la exitosa línea de flotación comercial de las ya conclusas "Crepúsculo" y "Los Juegos del Hambre", "La serie Divergente" nacía algo apesadumbrada a su sombra, crecía lustrosa compartiendo cartel y ha madurado en solitario convirtiendo al patito feo y vilipendiado por muchos en un cisne blanco de plumaje y volar garbosos.


Por el camino parecen haberse quedado otras propuestas como "La huésped" o "El juego de Ender" -la primera por su presuntuosa autoría y la segunda por su ostentosa superproducción-. En paralelo, con otras perspectivas, el mitómano Percy Jackson -orientado a un público más infantil-, los corredores del laberinto -de una prometedora primera entrega a una casquería secundaria que no vaticina buenos augurios- o los cazadores de sombras -tan irregulares en fondo temático como en formas oscuras-. En un entorno de sociedades distópicas no exenta de sanguinaria violencia y humor propio, la supervivencia de lo defectuoso se presenta como el principal logro a reivindicar. 


Las trascendentales revelaciones de la anterior entrega ("Insurgente") de la adaptación de la obra de Veronica Roth, conducen a Tris a tener que escapar con Cuatro e ir más allá de la muralla que rodea Chicago. Por primera vez dejarán la única ciudad y familia que conocen. Una vez fuera, todo aquello que presuponían como cierto pierde cualquier sentido tras la revelación de nuevas verdades y, para sobrevivir, Tris se verá forzada a tomar decisiones imposibles sobre el coraje, la lealtad, el sacrificio y el amor. Puede que Shailene Woodley no haya eclipsado aún al personal como Jennifer Lawrence y deje a algunos tan frío como Kristen Stewart, pero todas ellas forman una hornada generacional que seguirán proporcionando momentos estelares en el cine comercial e independiente.


Robert Schwentke, que pasa de "Red" a un tono blanco lavadora, parece haberle tomado la medida a una franquicia que, precisamente, toma lo mejor y descarta lo peor de algunas de las otras mencionadas sagas. La crítica al ordenamiento social y al futuro del ser humano presenta un posicionado planteamiento ideológico similar al cantado por el Sinsajo, mientras que se dejan de lado obstáculos sentimentales y emocionales fruto de las relaciones de pareja simplificando escenarios de tres vértices por una asentada dualidad. Como suele ocurrir en estos casos, la bifurcación determinante del último desvío nos ofrece una ventaja más: si en otros casos la partición repentina y forzada resultaba demasiado flagrante, "Leal" deja paso al próximo "Ascendente" en modo transición natural.