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Crítica: "El bosque de los suicidios", por Jesús Caro

Siempre es de agradecer que, en el género de terror, se apueste por algo nuevo, alejándose de las consabidas secuelas, precuelas y remake de las que tanto se abusa en el mismo y, al mismo tiempo, ofreciendo una propuesta a priori interesante y más cuando se basa en hechos reales, dando más consistencia y fuerza a la propia historia. El punto de partida es de lo más prometedor. El escenario en el que se desarrolla parte del film es el Aokigahara, un bosque considerado sagrado al cuál personas de todo el mundo, especialmente orientales, se adentran para morir.


La gran cantidad de sucesos reales allí ocurridos y la mitología que desprende da suficiente material para mantener en vilo al espectador durante 90 minutos, pero, por desgracia, el debutante director Jason Zada no lo consigue. A Zada se le reconoce cierto oficio, pero desde los primeros compases la narrativa es confusa, fría, algo forzada e incompleta a la hora de mostrar, por ejemplo, la relación entre las hermanas gemelas (ambos roles interpretados por Natalie Dormer), motor principal y punto de partida de la cinta (el viaje de Sara a este bosque en busca de su hermana con el convencimiento de encontrarla con vida) que, sin embargo se ahoga en la reiteración de un drama mal expuesto en el primer tramo de metraje.


Con un mal ritmo en su comienzo, se presentan escenas forzadas para explotar el susto fácil y la torpe introducción de una historia paralela del pasado a la que se le suprime toda la intriga que podría aportar al resultado final, hasta el momento en que el bosque Aokigahara toma protagonismo. El ambiente sobrenatural se diluye tan pronto, los tópicos de género se amontonan en pantalla y la mirada occidental hacia la cultura oriental resulta insuficiente para una mejor comprensión sobre el drama y las motivaciones que lleva a una persona a querer quitarse la vida de una manera tan ritual.


Apariciones de fantasmas y restos humanos, desorientación ultra-cognitiva, ruidos extraños y alucinaciones varias son todos los artificios con los que se cuenta para provocar el miedo al espectador que, en todos los casos, son previsibles, lo que elimina todo rastro de suspense, lastrada aún más por incoherencias tales como ver a la protagonista huir velozmente con un tobillo torcido. La incapacidad de saber plasmar todas las posibilidades de un buen material hace que tanto los guionistas como el director contribuyan a la pérdida del espectador en un destino poco terrorífico, bastante insulso y de resultado tan predecible como poco novedoso ni sorprendente.