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Crítica: "Cien años de perdón", por Pelayo López

Sobre la condescendencia con la que el destino puede llegar a tratar a un ladrón que actúa contra otro de su misma condición, definida así por naturaleza en el refranero popular, la pareja formada por el director Daniel Calparsoro y el guionista Jorge Guerricaechevarría construyen un thriller de interés variable en el que un grupo de hombres armados asalta, en una mañana lluviosa y en un contexto de burbujas financiera e inmobiliaria, la sede central de un banco en Valencia, epicentro neurálgico de la idea de tramas y corruptelas para la imagen colectiva. Sin embargo, lo que iba a ser un robo limpio y fácil se complica, tanto dentro como fuera del banco, hasta límites y protagonistas insospechados poniendo en duda cualquier presumible código de honor.


Más allá de un arranque cuya puesta en escena se parece a "El caballero oscuro", desarrollos emocionales emparentados con "Heat" o pseudo desenlaces próximos a "Plan Oculto" o "Pelham 1, 2, 3", Calparsoro y Guerricaechevarría delimitan entornos y retratan personajes reconocibles en sus respectivas trayectorias: el primero, encendido por la llama del 'mainstream' con títulos como "Combustión" y hermanado con el Enrique Urbizu de "La caja 507", vuelve a sacar la garra y maneja el nervio inherentes a sus inicios fuera de margen en la escuela vasca; el segundo, con una estructura narrativa de montaje paralelo, en la línea de "El día de la Bestia", y un libreto trilero de recelos y desconfianzas propio de "Celda 211".


Al venirse abajo el plan de fuga inicial, el grupo de atracadores intentará aprovecharse de una caja de seguridad relacionada con la actualidad política y los posibles secretos ocultos de personalidades de poder. Con el agua al cuello, las cloacas de la élite convertidas en un doble fondo. La solvencia en efectivo de los créditos interpretativos de la moneda nacional -Luis Tosar, Raúl Arévalo, José Coronado, Luis Callejo...-, reconocimiento destacado para la divisa internacional del clan del uruguayo, que sobreviene a los depósitos en corralito y a esta cláusula suelo: Rodrigo de la Serna ("Diarios de motocicleta"), Luciano Cáceres ("Carne de neón") y, fundamentalmente, Joaquín Furriel, introductor de la confrontación humorística en escena que, curiosamente, resulta funcionar a la perfección.


Por otro lado, la duda razonable del papel de la mujer en un contexto de carácter masculino. Los roles femeninos, desde la directora de sucursal a la ayudante del jefe de prensa pasando por la chiquita de los shorts, parecen plumeros secundarios de simples connotaciones expositivas, si no fuera porque, curiosamente, la presidencia del Gobierno la ostenta otra mujer. Robo, extorsión, política, espionaje... y una caja de seguridad como pivote y excusa narrativa para todo ello. Los enredos en los hilos del teatro de la mentira anudan la tensión latente en este tablero de ajedrez, una partida con movimientos de enroque en busca del jaque mate. Cuando el truco de artificio es una cortina de humo, el aire puede hacerse irrespirable y acabar por asfixiar a su intencionalidad oculta en este conductivismo de laboratorio.