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Crítica: "Spotlight", por Pelayo López

En los tiempos que corren, cuando la noticia queda expuesta globalmente de manera digital casi antes de producirse, el reportaje de investigación parece, dentro de una profesión de directriz vocacional, una concienzuda tipología periodística en proceso de extinción pero, por otra parte, se presume como irremediablemente necesaria en su condición de vestigio vivo del cuarto poder, desde los sótanos de las bibliotecas del conocimiento, para que los restantes tres órdenes no vulneren sus mandatos y cometidos.


"Spotlight" huele a cine y papel de otra época, pauta los tiempos de la noticia y se sitúa en la primeriza convivencia entre las prensas de papel y digital, donde el privilegio departamental de la sección de turno se convertía tanto en ventana de la realidad como en ventilador de la verdad, para destapar uno de los secretos bostonianos más atroces y deleznables en una ciudad silente acostumbrada, desde su cuna verde y con el coro infantil navideño, a las profundas raíces y la alargada sombra del salvador alzacuellos y el redentor besamanos. Una labor de hemeroteca marcada y fustigable.


Un artículo con mayúsculas, que entona el 'mea culpa' por hacer caso omiso previamente, puede hacer tambalearse a cualquier gigante con señalados cimientos de culpabilidad. La iluminada y luminosa propuesta fílmica saca a la luz la verdad merced a un reparto sobresaliente: sin desmerecer los grandes trabajos de Michael 'Birdman' Keaton o Rachel 'True Detective' McAdams, Mark Ruffalo demuestra su 'masa' interpretativa construyendo un periodista incansablemente incisivo de herramientas mecanizadas. 


La atípica alineación de los distintos niveles periodísticos fluye en forma de thriller cuasi policíaco, donde las pesquisas se ensamblan gracias a un camino despejado en todo el proceso investigador y dictan sentencia en contra de la línea morada de la cúspide cardenalicia. Por un lado, una curia eclesiástica tan confiada en su supuesta supremacía como sibilina en su oratoria de las artes ocultas, algún atisbo de reconocimiento justificado por parte de los culpables y la voluntariosa complicidad de las vulnerables víctimas del delito ignorados en el pasado.


Por otro, la presión ausente de un editor complaciente y poco preocupado por la rentabilidad de su negocio, la re-orientación sistémica de un nuevo director que profesa otro credo y un equipo de redacción que pone por delante el rigor profesional a las discrepancias personales. Meritorio y plausible, anecdótico y sospechoso. Más habitual de lo que parece, y entre elipsis temporales extrañamente disuasorias y moratorias documentales de base archivística, la verdadera noticia pasa desapercibida de manera (in)voluntaria.


En este contexto de dualidades de fondo y forma excesivamente facilitadoras, en el que la bisectriz de la justicia divina o humana sanciona la moratoria de la aliteración de un género, Tom McCarthy ("El chico del millón de dólares") precisa de manera más brillante su caligrafía cinematográfica, poniendo el acento, con garra y tensión, en el verdadero centro de atención, y dejando de lado posibles sensacionalismos propios de la prensa de consumo rápido. Paso a paso y pista a pista, el despertar del eco aletargado cuando la pizarra de la investigación dibuja la verdad del caso.