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Crítica: "Techo y comida", por Pelayo López

En pleno desarrollo de una nueva campaña electoral, irrumpe en la cartelera cinematográfica una/otra realidad, la misma que unos pretenden convertir en arma arrojadiza contra el poder establecido, sin ser lo suficientemente conscientes del efecto boomerang, y otros intentan obviar en la medida de lo posible, a base de amordazar/silenciar voces y maniatar/secuestrar protestas. A buen seguro, el debutante Juan Miguel del Castillo hubiese preferido mostrar su ciudad natal de otra manera, pero los lavados de cara no funcionan ante la crudeza cotidiana que devora el alma de una sociedad. 


No obstante, al cineasta jerezano no le puede la novatada y su ópera prima enarbola motivos suficientes para estar orgulloso, tanto en su irremediable labor de denuncia social como en su notable estructura fílmica. Sin cátedra alguna, esta crónica paulatina de la degradación póstuma del presunto estado del bienestar no se fagocita en diagnosticar el fraude institucional deudor de los derechos constitucionales básicos, pero sí sobreexpone y contextualiza esta dilapidación, afligida exoneración del conjunto y embaucadoramente culpabilizadora individual.


La siempre magnífica Natalia de Molina pone rostro y deja rastro de absoluta sinceridad, un trabajo interpretativo sublime, y una suerte de mimetización con la tragedia diaria de los desahuciados que saca los colores a propios y extraños, en su papel de madre soltera a punto de ser expulsada del piso de alquiler en el que vive junto a su hijo. Sin señalar con el dedo expresa y tácitamente a los obvios responsables de este tipo de situaciones, la asumida dureza cotidiana de este guión y bajada al infierno de la calle deja pistas elocuentes de los mismos. 


El problema estructural del desempleo de larga duración, la imposibilidad coetánea para poder hacer frente al pago del alquiler, la lentitud inconcebible de la Administración para hacer llegar los exiguos apoyos sociales a los realmente necesitados al tiempo que la desequilibrada premura judicial pone coto a la persona ante la arrolladora maquinaria de la puerta abajo, la subsistencia al límite entre trabajillos precarios e intermitentes salidos de la economía sumergida y la basura de unos convertida en alimento de otros, la vergüenza propia a la hora de mendigar solidaridad y la ayuda voluntaria de quien comparte lo poco que tiene y que sabiendo no pregunta, la asfixiante cadena de la necesidad colectiva que pone cerco a propietarios e inquilinos, el innato instinto de una madre por mantener a salvo a su hijo y complacer sus inherentes deseos cumpleañeros y la inocencia de un niño que padece las consecuencias de un exilio encubierto en el patio de su casa...


Con trazas de semidocumental de actualidad, y en un contexto de barriada en los márgenes de la exclusión, el posicionamiento estratégico de la cámara, sin aspaviento alguno ni movimientos bruscos, nos introduce de lleno en este nuevo ejemplo de que la ficción nunca supera a la realidad. Más allá de alegorías religiosas acompasadas al ritmo de las procesiones de la Virgen del Rocío de turno, esta lamentable melodía del golpeo del pomo abre una puerta a la excomunión forzosa de una sociedad incapaz de ofrecer la mínima protección a los suyos, negando asilo y lanzando al abismo. Los pretextos olvidadizos de la sociedad del éxito de la roja esconden bajo las celebraciones ilusorias un drama crónico encarnado por esta madre y su hijo. De las lágrimas y el insomnio en la soledad, al casa por casa, pan por pan...