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"Deseo, peligro": sexo y enorgullecimiento patriótico...

Si en su anterior trabajo, Brokeback Mountain, Ang Lee nos ofreció un sobrevalorado acomodamiento manipulador en torno a la homosexualidad entre dos vaqueros en pleno oeste americano, ahora, el director taiwanés afincado en USA, regresa con una cinta de aroma clásico y nostalgias patrióticas que, en reconocimiento a su labor doctrinaria, además de numerosos premios internacionales, ha cosechado las estatuillas doradas de las principales categorías en los galardones del cine chino. Poseedor de una de las filmografías más variadas –basta comprobar por ejemplo las escasas similitudes existentes entre la entretenida Hulk, la visual Tigre y dragón, la crítica Tormenta de hielo, la encorsetada Sentido y sensibilidad, y las oriundas Comer, beber, amar y El banquete de boda-, sus películas, independientemente de la temática y de la puesta en escena, siempre se acompañan de una sensibilidad especial, característica y casi inconfundible, donde las relaciones condicionadas habitualmente por las pasiones más intrínsecas al ser humano marcan la pauta.

En la China ocupada por Japón durante la II Guerra Mundial, Lee, que apenas esboza unas brochazos callejeros y migratorios para recordarnos el telón de fondo bélico de la historia, nos sitúa en Shanghai para narrarnos un apasionado caso de espionaje y contraespionaje entre la resistencia y el gobierno colaboracionista con los invasores. Una suerte de Mata Hari, interpretada por la debutante Tang Wei, debe seducir a un alto cargo del gobierno de colaboración, con la presencia del hierático Tony Leung, para aislarle y permitir que, posteriormente, sus compañeros de cédula, acaben con su vida. Sostener el peso de un proyecto tan ambicioso como el presente, no es nada fácil, y mucho menos tratándose de un debut y de un papel tan complejo como el que nos ocupa. Pese a ello, la joven actriz protagonista sale airosa de semejante envite abriéndosele además numerosas puertas cinematográficas. La réplica se la ofrece uno de los actores más solventes del cine oriental, al que tenemos en mente en títulos como 2046 o Hero, y que nos demuestra nuevamente cómo, con apenas un par de gestos pero con una mirada capaz de romper esquemas en múltiples registros, se puede alcanzar el notable.

Ambos, amén de compartir combates dialécticos convertidos en antesala de una tensión sexual latente escalonada milimétricamente, alcanzan el clímax propiamente dicho con unas escenas de alto contenido erótico que han servido, al mismo tiempo, para promocionar la cinta. Lejos de acentuar la típica sentencia de “si lo exige el guión”, estos encuentros se antojan necesarios para comprender el punto de inflexión en que se convierten en la trama de la película. Hablando de necesidades, por el contrario, no se explican las dos horas y media de metraje para una cinta que acaba resultando una película de escenas fácilmente recortable. Mientras por una parte tenemos el sexo, por otro tenemos el lógico cortejo previo a base de cartas, cenas, cine… Y aquí destacan, precisamente, tres escenas y un bucle: una secuencia de diálogo durante una cena en la que los cimientos del engaño parecen tambalearse para finalmente salir reforzados, la toma inicial de una partida de “dominó” femenina con un extraño uso de la cámara, la escasa dosis de violencia física con un asesinato interminable fruto de la inexperiencia y la precocidad, y el bucle inicial/final que une ambos extremos de una manera un tanto ineficaz.

El juego de engaños mutuo, al que se somete la pareja protagonista, parte de la iniciación de un grupo de personajes jóvenes en el arte de la guerra. Y es aquí donde la joven protagonista lleva todas las de perder, incluida la virginidad. Haciendo de tripas corazón, la espía conseguirá desprenderse de unos sentimientos que conseguirá controlar, sólo casi totalmente, para propiciar el giro de gracia argumental oportuno en el que, sin embargo, no cae el protagonista masculino. No obstante, como es presumible en el marco escénico del celuloide, todo se complica. El polifacético director no se limita a la artesonado visual con la que nos congratulan otros directores asiáticos como Kim Ki Duk o Wong Kar Wai, y, en claro recordatorio de su talento para conjugar esa faceta preciosista oriental con el pragmatismo del cine occidental, nos deleita con unos decorados ambiciosos y espectaculares que parecen devolvernos a aquel lugar y aquellos días de una manera fascinante. Con Casablanca en la mente, y El buen alemán demasiado lejos en calidad, Ang Lee, que como gran mérito de esta historia es capaz de contar una historia localizada sin referencias engorrosas para el espectador lejano, recurre sin embargo a dos tópicos para seguir en liza: sexo y enorgullecimiento patriótico para mantener la resistencia.