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Crítica: "Veneciafrenia", por Paco España

Cuando me encuentro ante un nuevo estreno de Alex de la Iglesia, me invade la incertidumbre sobre si voy a ver la cara o la cruz de sus realizaciones: la cara como en el caso de Acción mutante, El día de la bestia, Muertos de risa, La comunidad, El bar y Perfectos desconocidos; o la cruz de Crimen ferpecto, Los crímenes de Oxford, Balada triste de trompeta, La chispa de la vida, Las brujas de Zugarramurdi y Mi gran noche. Siempre me ha parecido que la personalidad visual del director vasco estaba fuera de toda duda y es capaz de crear excelentes imágenes y secuencias que permanecerán en el imaginario colectivo, pero en cuanto al desarrollo argumental de sus películas si que me plantea dudas, porque en muchas de ellas, usando una expresión coloquial, 'se le va la olla o la pinza' y la película comienza a galopar sin que, aparentemente, nadie controle las riendas.


En el caso de Veneciafrenia, con ciertos reparos, sí podría encajar dentro de sus propuestas que son 'cara'. Al menos, se puede afirmar categóricamente que tiene la apariencia de haber tenido controlado y cohesionado el argumento de todo el metraje. Otra cosa es el desenlace, que no puedo ni debo desvelar, pero que no me puedo explicar. Quizás el coste de ese final que se vislumbra, a la altura del hundimiento del Titanic, haya hecho que la película opte por un final más sencillo y sobre todo más barato. Tener a Venecia como escenario natural de una película ya es un auténtico privilegio, y, si se desarrolla durante su famoso carnaval, aún más. La película es poseedora de escenarios muy bellos, algunos de ellos realmente fascinantes, como la mansión donde se reúne el grupo secreto, en la que se comparte la belleza del mobiliario y la estancia con el agua que invade el suelo y, sobre todo, el gran teatro con el patio de butacas ocupado por el agua que poco a poco toma más terreno en la capital del Véneto. Desconozco si estos dos escenarios se habrán recreado en estudio, en todo caso son poseedores de una gran belleza. Lo más interesante de la película es el dilema que plantea sobre la masificación turística en lugares tan emblemáticos: ¿son una fuente de ingresos y riqueza o son el origen de la devastación? Es un dilema sumamente interesante, sobre todo para los emplazamientos que tienen al turismo como su principal fuente de ingresos, lo que puede llevar a la masificación que 'mate a la gallina de los huevos de oro'. En el caso de Venecia es evidente, el 'acqua alta' que invade sus famosas calles y plazas es cada vez más frecuente y la presión de sus casi 50.000 visitantes diarios de promedio es algo que altera cualquier tipo de equilibrio si no se toman medidas serias y drásticas. La película se presenta como un slasher, es decir, jóvenes descerebrados y reprimidos sexualmente son ensartados por un asesino en serie sin cara ni escrúpulos.


Ese grupo de descerebrados son interpretados por un joven reparto español en el que destacan ellas, Ingrid García Jonsson (Camera Café, la película), Silvia Alonso (Hasta que la boda nos separe) y Goize Blanco (Los favoritos de Midas), pero lo más interesante a nivel interpretativo está en los actores italianos Enrico lo Verso (Lamerica), Cosimo Fusco (Angeles y demonios) y el viejo conocido del director Armando de Razza, que ya interpretara al inolvidable profesor Cavan en El día de la bestia. Si durante el visionado de esta película el espectador empatiza más con el asesino que con los descerebrados turistas llegados en el crucero ('la grandi navi') es completamente lógico, como también sería lógico reflexionar sobre la secuencia en la que éste degüella a la turista asiática mientas los cientos de testigos solo se preocupan de inmortalizar la escena en sus maravillosos smartphones.