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Crítica: “El crack cero”, por Paco España

También el cine patrio se apunta a las precuelas. Es decir, las secuelas situadas cronológicamente en un punto del tiempo anterior a las precedentes. En este caso ha sido el director, productor, crítico, presentador y escritor madrileño José Luis Garci, ganador del primer Óscar a la mejor película de habla no inglesa que recaló en nuestra filmografía por Volver a empezar en 1983, con el lógico título El crack cero.


La película, al contrario de las anteriores, está rodada en un elegante blanco y negro, que le acerca evidentemente al estilo de los de los films noir, en su argumento y en su estética. Es una apuesta valiente, ya que la utilización de este tipo de fotografía va a contracorriente del gusto mayoritario de los espectadores de cine, aunque los insertos de las calles de Madrid, en su mayoría repescadas de El crack y El crack dos, bajo el intenso piano de la banda sonora de Jesús Glück —autor de la partitura de las cintas anteriores y fallecido el año pasado—, son de una calidad estética y emotiva extraordinarias. Incluso en una de ellas podemos ver a Alfredo Landa, al volante de su Renault 18 de color granate, aquí gris oscuro, pasando junto a la fuente de Cibeles en la noche madrileña.


Precisamente es la sombra del gran Alfredo Landa la que resulta muy alargada en esta película. No es posible ningún atisbo de comparación con él, a pesar de que el trabajo del excelente actor Carlos Santos no es desdeñable, pero el personaje de Germán Areta es un icono del cine español que tiene un rostro muy determinado. Resulta una agradable sorpresa el trabajo de Miguel Ángel Muñoz, recreando el personaje de Cárdenas ‘El Moro’ —interpretado por Miguel Rellán en las anteriores—, y ninguna sorpresa la del gran trabajo de Pedro Casablanc como ‘El Abuelo’, personaje que es las anteriores tenía el enorme carisma, la personalidad y la humanidad de ese monstruo hispano-argentino de la escena que llevaba el nombre de José Bódalo.


Los personajes femeninos son, como casi todos los de la película, estereotipos de este género cinematográfico, destacando por su importancia el de Patricia Vico como mujer fatal con la que arranca la trama, instrumentales en su corrección como Luisa Gavasa y Macarena Gómez y sobrantes a todas luces como el de Cayetana Guillén Cuervo. El crack y El crack dos se situaban en plena Transición política española y El crack cero lo hace en noviembre de 1975, mes de la muerte del dictador Franco, por lo que el peso de la actualidad del retrato social de aquellas queda completamente diluido en esta.


El crack cero es un ejercicio de nostalgia cinéfila y social encomiable, que interesará a espectadores de larga trayectoria, que se ve con interés a pesar de que la mayoría de los personajes tienen un exceso de almidón que les hace acartonarse, de que algunos diálogos se antojan sobrantes y fuera de lugar, cuando no directamente prescindibles, y de que la estructura de la película calca la de sus predecesoras, aunque su pegada sea mucho más blandita.