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Crítica: "El peral salvaje", por Javier Collantes

El arte cinematográfico dispone de diferentes ángulos y prismas para contar actos y pensamientos, mezcla de elementos sobre temáticas y con registros que componen, entre tantos estilos, la vida en general, tan amplia como diversa. El peral salvaje es una propuesta fílmica que cuenta 'cosas' que implican al espectador, para acercarse, sentir y disfrutar, una clase de película nada evasiva y sí directa con la condición humana, cine más complejo que conserva, además, la esencia del clasicismo sin ser pedante.


Con una filmografía de títulos que son en si mismos un claro ejemplo de dicha complejidad pero lleno del lenguaje cinematográfico en todos sus vértices -Lejano, Los climas, Erase una vez en Anatolia, la gran obra artística Sueño de invierno...-, Nuri Bilge Ceylan retrata en El peral salvaje, su octava película, otra visión de Turquía, un nuevo enfoque contemporáneo sin renunciar al clasicismo bien entendido, un retrato intimista que resulta abrumador en su conjunto por la inequívoca sensibilidad manifiesta.


A partir de un ritmo pausado, y gracias al lirismo de sus planos secuencia, el director turco nos entrega un magnifico  film, minoritario sí, que, en sus 188 minutos de metraje, nos narra una historia con percepciones del naturalismo, con instantes oníricos, sin caer en las dosis onanistas en las que podría haber incurrido, y, sin embargo, El peral salvaje es un itinerario de fotogramas sencillos que consigue transmitir la fuerza de una película existencial, una composición general que define una gran obra.


El peral salvaje está protagonizado por un hombre apasionado por la literatura, que desea ser escritor y publicar. Cuando vuelve a la ciudad donde nació, una localidad de la zona más rural de Turquía, pone todo su empeño en reunir el dinero necesario para conseguir publicar su libro. No obstante, las deudas de su padre, el ambiente familiar, la situación del entorno, la religión y las ideas de los amigos, los cambios personales y colectivos... se articularán como el detonante para saber quién es él.


El encuentro y la aceptación de uno mismo, las miradas expuestas hacia el sentido de la soledad... todos ellos son elementos tan extraordinarios que precisan de la determinación del espectador, un ritmo narrativo que requiere de la paciencia sin término medio para evitar una posible desconexión, un distanciamiento indeseado de las coordenadas de El peral salvaje, una experiencia transformadora que contiene la grandeza de un relato cinematográfico de primer nivel, cine de esencias sin aditivos.