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Crítica: "El día que vendrá", por Javier Collantes

Obedeciendo a los asuntos de romances, el séptimo arte nos ha ofrecido verdaderas obras de arte, aunque también es justo decir que en algunos casos se han destrozado las historias de amor. Como siempre, todo depende de puntos de vista en la vida o en el cine, cuestión de criterios o, mejor dicho, de los sentimientos de cada espectador. Con este preámbulo, El día que vendrá muestra conflictos sentimentales en tiempos de guerra desde su propio ángulo cinematográfico.


Dirigida por James Kent, cineasta con experiencia en la televisión que se manifiesta en el devenir de esta película, El día que vendrá ofrece una construcción narrativa más propia de un telefilm en una tarde de domingo que el de una película de mayor envergadura cinematográfica, se nota la presencia de la BBC y, en su textura, un presunto academicismo formalista sobrepasando la frase al resultado final.


Alemania, 1946. Hamburgo, ciudad destruida por la guerra donde una mujer inglesa llega para encontrarse con su marido, un oficial británico que tiene la misión de reconstruirla. El reencuentro con su mujer, la mudanza a una casa y la decisión de compartir la nueva estancia con sus antiguos propietarios supondrá una carga de hostilidad, traición, dolor y pasión, una aventura casi destructiva, un drama romántico convencional que respira cierta delicadeza.


Basada en la novela de Rhidian Brook, El día que vendrá se convierte en un retrato particular de la ocupación británica de Alemania al finalizar la Segunda Guerra Mundial. A partir de un triángulo amoroso, en forma de tórrido melodrama y con una estética presentable, la historia transita, salvo contadas secuencias, por un metraje lineal sin apenas emoción. En lo interpretativo, elegante en presencia, destacable Keira Knightley. Junto a ella, Jason Clarke y su compacto registro.


De esta manera, El día que vendrá resulta rancia por su forma de tratar la historia del romance, con un aroma a folletín que deambula sin llegar a ningún lado. Si no fuera por ciertas secuencias, la película no viene y se convierte en una especie de dramaturgia de flojo nivel. No obstante, en las películas endebles también existe algo salvable. El día que vendrá, un retazo insustancial de cine adormecido por las cuevas del adormecer la pasión.