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Crítica: "Call me by your name", por Javier Collantes

El cine como arte/cultura y entretenimiento mantiene o incorpora todo tipo de géneros, una nueva muestra actualizada de LGTBI, aunque siempre mostró de otras formas y en otros tiempos esta temática bajo otros parámetros porque eran otros tiempos, ya que, desde hace unos años, el lenguaje fílmico es capaz de captar otros planos más realistas de estos colectivos, resuelta, en muchos momentos, con un sobresaliente acierto desde un punto de vista cinematográfico y, a su vez, plasmando bocados de realidad.


Ahora nos llega un film aclamado por público y crítica en todos los lugares donde se ha podido ver. El relato de Call me by your name relato nos traslada al verano de 1983 y a un pequeño pueblo del norte de Italia, lugar donde un joven de 17 años, que veranea con su familia, lee, toca música clásica y mantiene una relación de flirteo con una amiga. La llegada del nuevo ayudante de su padre, otro joven de 24 años norteamericano dedicado a la investigación, será el detonante para romper la monotonía.


Romántica y sensible, Call me by your name retrata el despertar del amor de verano entre estos dos jóvenes. Con este argumento, basado en una novela de André Aciman y adaptada entre otros por James Ivory, Luca Guadagnino, responsable de propuestas como Yo soy el amor o Cegados por el sol, dirige un film con cuatro candidaturas a los Oscar de este año: película, actor protagonista, canción original y guión adaptado. Este film de estilo incorpora una gran banda sonora y un extraordinario posicionamiento de la cámara.


Notable dirección, sobresalientes interpretaciones, localización maravillosa, textura fotográfica de categoría, cine magnífico en la forma de narrar una historia y el tempo entre secuencias, para emitir un tratamiento sensual y emotivo de la pasión y la confusión del dolor, lleno de sutileza, en una estética del cine italiano de los años 70 y 80 del siglo XX, recordando por momentos al estilo de Bertolucci, completado por instantes icónicos y majestuosos cuyo final resulta tan extraordinario como los primeros planos de los personajes.


Una situación volcada de belleza y arte, dolor y aprendizaje. Un film grandioso que emociona en todos sus apartados cinematográficos, tan sencillo como abrumador y dotado de secuencias magistrales. Si hace años un film como El último tango en París escandalizó y entusiasmó a partes iguales por la famosa secuencia de la mantequilla, aquí el elemento/artículo de la iconografía erótica del aprendizaje sexual en la adolescencia es un melocotón, una secuencia conducida con nivel estético, audaz y distinto plenamente sensacional.