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Crítica: "Barry Seal: el traficante", por Pelayo López

Aunque en su anterior colaboración, Al filo del mañana, ambos sacaron mayor partido al trabajo en sus respectivas facetas, el director Doug Liman y el actor Tom Cruise firman un ejercicio de narrativa resultón desde el punto de vista cinematográfico, fundamentalmente gracias al material de apoyo sobre el que se construye dicho relato y a la acertada decisión para desarrollar su estructura.


La increíble historia real de este piloto de aerolínea, con aires tanto de emprendedor como de estafador, reclutado por la CIA en la frontera de los 70/80 para labores de (contra)inteligencia en el resto del continente americano -donde sus tentáculos (de)construían democracias y dictaduras a partes iguales-, enarbola la bandera yanqui durante unos años convulsos entre política y guerra, tráficos de armas y drogas... bajo la cobertura de fuego musical de temas de George Harrison, The All Brothers...


Liman plantea la ficción tirando de reclamo actual. En una línea 'youtuber', se disecciona el metraje en formato videoblog, una presentación de los acontecimientos en primera persona y a modo de diario de a bordo que permite al espectador empatizar con un personaje menos excéntrico y más mesurado pero, igualmente, hermanado con El lobo de Wall Street, dos hienas en peligro de extinción en sus respectivos mundos opacos.


Este diseño en la crónica de sucesos otorga un dinamismo rítmico que se salpica, además, con imágenes de archivo y otras ficcionadas de la Historia que está transcurriendo en el nivel superior. Desde el Irangate hasta el Cártel de Medellín, un fresco Seal le da a todo en la boca del lobo y al filo del precipicio. De la oportunidad al negocio, y del negocio al delito en el rastreador interagencial en un abrir y cerrar de ojos fulminante.


La fluidez colisiona con el desatino a la hora de enfocar el objetivo, posiblemente porque este biopic no se licencia como documental. Las maniobras de cámara desencajan, notablemente, la mirada reveladora en asuntos que distan mucho de peleas cuerpo a cuerpo. En lo interpretativo, Cruise rememora tiempos de Top Gun a los mandos de un avión, pero, a pesar de su condición de estudio, no acaba de rematar por la ausencia de alguna secuencia realmente inspiradora o de escenas de torso. 


El resto del reparto apenas luce por falta de celuloide. Mientras su esposa, Sarah Wright, no se limita al papel de rubia y saca su carácter después de Noche de marcha, su 'headhunter', Domhall Gleeson, aprovecha su tiempo merced a una escena motivadora más allá de El renacido y, finalmente, Caleb Landry Jones, el familiar sureño del protagonista, se reivindica después de su paso independiente por Déjame salir.


Barry Seal: el traficante retrata la partida de Risk de la geopolítica internacional de los Estados Unidos, un tablero de peones sometido a prácticas de todo tipo: lícitas a veces, ilegales casi siempre. Al mismo tiempo, la historia personal transmite una vocación y un núcleo familiares irrenunciables más allá de las consecuencias. Seal, el traficante mula entre barras y estrellas.