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Crítica: "El bar", por Paco España

La comunidad de vecinos se baja al bar. Es habitual el buen arranque en todas las películas de Alex de la Iglesia, así como una realización cinematográfica potente y bien compuesta, pero también es cierto que uno de sus defectos más relevantes es la resolución de las mismas. Según se va aproximando al final, el guión se va diluyendo y la acción comienza a galopar sin control aparente, terminando en una explosión visual con muy escasa o nula relevancia argumental, como ya vimos en Mi gran noche, Las brujas de Zugarramurdi, Balada triste de trompeta y, en menor medida, en las fallidas La chispa de la vida y Crimen ferpecto. Tras la estupenda y reconocida La comunidad, solamente 800 balas había sido poseedora de un guión cuidado y bien construido hasta el final.


Alex de la Iglesia sitúa la acción en el popular bar El palentino del barrio de Malasaña, muy próximo a la plaza de Callao de Madrid, escenario de la famosa secuencia de El día de la Bestia junto al gigantesco anuncio de esa agua tónica de los años ochenta tan popular como impronunciable. Los paralelismo de El bar con La comunidad son innegables: si en aquella un grupo de personajes dejan aflorar todas sus miserias humanas para conseguir una importante cantidad de dinero, en esta sus ocho personajes realizan un literal descenso a los infiernos, donde todas sus miserias afloran en pos de un objetivo mas vital. La resolución de la película posee una contención, y un control dentro del vértigo habitual, que no se producía desde la película protagonizada por Carmen Maura.


De la Iglesia cuenta con un grupo de intérpretes habituales, como es el caso de Mario Casas, que vence pero no convence. Aunque es de agradecer, al menos por mi parte, que no se quite la camisa y quien sí lo haga sea Blanca Suárez, impresionante en la transformación de su viaje infernal. Secun de la Rosa encuentra un papel proporcional a su calidad. Carmen Machi, Terele Pávez y Joaquín Climent demuestran una vez más que papel que tienen, papel que bordan, un auténtico seguro de vida para un director.


Mención especial merece el trabajo de Jaime Ordóñez, colaborador habitual de José Mota, con un personaje permanentemente asomado al abismo que, como Mesías del averno, guía la acción hacia su coherente final entre citas bíblicas y canciones religiosas, lo que confiere a El bar un carácter de templo profano, lugar donde a los españoles nos gusta pontificar sobre temas como fútbol, política o prensa rosa, entre otros. Es agradable reencontrarse con un Alex de la Iglesia en mejor estado de forma que en anteriores ocasiones, aunque sin llegar a niveles de El día de la Bestia, hasta el momento, título emblemático de su carrera.