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"El juego de Ender, la película", por Carlos Pérez

En demasiadas ocasiones, tenemos certeza de la existencia de una obra literaria cuando, mucho tiempo después de que ese libro se instale en cualquiera de nuestras (a veces) tristemente poco frecuentadas librerías, alguien prendado de sus notables y excelsas virtudes decide que sería una buena idea trasladar esa gran historia a la gran pantalla. Esto, precisamente, es lo que puede ocurrirles a muchos cinéfilos con "El juego de Ender", la película que pulula estos días por los cines de todo el país y que bebe de las fuentes de la novela homónima de Scott Card. Dotada generosamente con los medios técnicos más avanzados, obstáculo insalvable años atrás cuando los intentos de plasmar la obra de Card en celuloide resultaba harto difícil -dada la complicada parafernalia escenográfica que suponía dicha empresa-, el resultado, en este sentido, es absolutamente brillante, dejando por momentos al espectador sumido en ese estado de ingravidez en el que unos adolescentes personajes se emplean a fondo con el fin de ensayar tácticas de combate.


Toda adaptación cinematográfica, de cualquier obra literaria, pierde algo de esa esencia, de ese subjetivo lenguaje que solo las letras pueden transmitirnos. Pero hay algunos films que acusan, más que otros, ese trasvase de diálogos y acciones, perdiendo parte o mucho de ello por el camino. Por otra parte, es imposible condensar en un metraje de hora y media cado uno de los puntos y comas que se refieren en el libro, y, en este caso, el director Gavin Hood opta por centrar la trama en el personaje que da título a la cinta y que tan magistralmente interpreta el jovencísimo Asa Butterfield. Destacable también es el trabajo de un Harrison Ford que mantiene al día esa pose enérgica, pero a la vez benévola, que tantos éxitos le ha acarreado a lo largo de su carrera. Ben Kinsgley refuerza ese doble frente moral junto a Ford a la hora de convertir al protagonista en arma de destrucción masiva, nunca mejor dicho.

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Temas tan espinosos como el adiestramiento de niños para asuntos belicistas, o la guerra preventiva como medio de defensa más efectivo, son abordados en el film con más suavidad que en el texto original (que data de los años ochenta), perdiendo ese punto álgido de ebullición que presenta en la novela. La 'dulcificación' de formas y fondos va más acorde con un siglo XXI en el que se va entendiendo aunque sea de manera parcial, que algunas guerras, sino todas, son producto de intereses de pocos para desgracia de muchos. Y es que las guerras son lo que son y, aún más graves si cabe, si cuentan con la participación de niños. "El juego de Ender" deja de ser tal cuando, detrás de esa pantalla de simulación, aparecen esos grandes aliados de las barbaries belicistas tales como la muerte, el dolor, el sufrimiento... Ahí es cuando Ender, y otros tantos como él a lo largo de la historia, pretenden remediar lo irremediable.